lunes, 8 de septiembre de 2014

Bajo la misma estrella: Capitulo 19

 

CAPITULO 19


Él llegó a casa del hospital unos días más tarde, definitiva e irrevocablemente despojado de sus ambiciones. Tomó más medicamento para remover todo el dolor. Se fue permanentemente al piso de arriba, a una cama de hospital cerca de la ventana de la sala. Estos fueron días de pijama y barba por el cuello, de murmullos y propuestas y las infinitas ...gracias a todos por lo que están haciendo por su bienestar. Una tarde, señaló vagamente hacia un cesto de la ropa en un rincón de la habitación y me preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿El cesto de la ropa?
—No, al lado de eso.
—No veo nada junto al cesto.
—Eso es la última pizca de mi dignidad. Es muy pequeña.

Al día siguiente, me dejé pasar. A ellos no les gustaba que tocara el timbre porque podría despertarlo. Sus hermanas estaban ahí con sus maridos banqueros y tres niños, todos varones, que corrían hacia mí y me gritaban quién eres quién eres quién eres, corriendo en círculos alrededor de la puerta de entrada como si su capacidad pulmonar fuera una recurso renovable. Había conocido antes a sus hermanas, pero nunca a sus hijos o a sus papás.
—Soy Hazel —dije
—Gus tiene una novia —dijo uno de los niños.
—Estoy consciente de que Gus tiene una novia —dije
—Ella tiene pechos —dijo otro.
—¿Es así?
—¿Por qué tienes eso? —el primero preguntó, apuntando a mi carrito de oxígeno.
—Me ayuda a respirar —dije— ¿Gus está despierto?
—No, está durmiendo.
—Está muriendo —dijo otro.
—Está muriendo —confirmó el tercero, repentinamente serio. Se quedó callado por un momento, y me pregunté qué quería decir, pero entonces uno de ellos pateó a otro y otra vez estaban corriendo, cayendo uno sobre otro en una secuencia que migró hacia la cocina. Hice mi camino hacia los padres de Gus en la sala y conocí a sus cuñados, Chris y Dave. No había llegado a conocer a sus medias hermanas, en realidad, pero ambas de abrazaron de todas maneras. Julie estaba sentada en el borde de la cama, hablándole a un dormido Gus exactamente con la misma voz que podría usarse para decirle a un niño que es adorable, diciendo:
—Oh, Gussy Gussy, nuestro pequeño Gussy Gussy— ¿Nuestro Gussy? ¿Lo habían adquirido?
—¿Qué hay, Augustus? —dije, tratando de enseñar un comportamiento adecuado
—Nuestro hermoso Gussy —dijo Martha, inclinándose hacia él. Comencé a preguntarme si realmente estaba dormido o sí sólo había puesto un dedo pesado al dolor para evitar el ataque de buenas intenciones de las hermanas

Despertó después de un tiempo y la primera cosa que dijo fue—: Hazel —lo que tengo que admitir me hizo un tanto feliz, como si tal vez también fuera parte de su familia.
—Afuera —dijo con voz baja—. ¿Podemos irnos?

Fuimos, su mamá empujando la silla de ruedas, sus hermanos y sus cuñados y su papá y sobrinos y al final yo. Era un día nublado, todavía caliente mientras el verano se acomodaba. Vestía una playera de manga larga y pantalones de lana. Por alguna razón él siempre tenía frío. Él quería un poco de agua, así que su papá fue a traer un poco para él. Martha trató de meter a Gus en la conversación, arrodillándose junto a él y diciendo:
—Tú siempre has tenido ojos hermosos —él asintió un poco. Uno de sus esposos puso un brazo en el hombro de Gus y dijo—: ¿Cómo se siente el aire fresco? —Gus se encogió de hombros.
—¿Quieres tus medicamentos? —le preguntó su mamá, uniéndose al circo de arrodillados alrededor de Gus. Di un paso hacia atrás, observando a sus sobrinos abriéndose paso a través de un lecho de flores en su camino a la pequeña parcela de hierba en el patio trasero de Gus. De inmediato comenzaron a jugar un juego que implicaba lanzarse uno al otro al suelo.
—¡Niños! —Julie gritó vagamente.
—Sólo puedo esperar —dijo Julie, volviéndose nuevamente a Gus—, que ellos se convertirán en la clase de hombres pensantes e inteligentes, en la forma en que tú te has convertido.
Resistí la tentación de demostrar mis náuseas de manera audible.
—No es tan inteligente —dije a Julie.
—Ella está en lo correcto. Es sólo que la mayoría de buen aspecto son estúpidos, así que superé las expectativas.
—Correcto, principalmente su buen aspecto —dije.
—Puede ser un poco cegador —dijo él.
—En realidad sí cegó a nuestro amigo Isaac —dije.
—Una terrible tragedia. Pero ¿puedo manejar mi propia belleza mortal? —No puedes. —Es mi carga, este hermoso rostro.
—Sin mencionar tu cuerpo.
—En serio, ni siquiera me dejes comenzar con mi gran cuerpo. No quieres verme desnudo, Dave. Verme desnudo, de hecho verme desnudo dejó sin aliento a Hazel Grace —dijo él, asintiendo hacia el tanque de oxígeno.
—Bien, suficiente —dijo el papá de Gus, y luego de la nada, su papá puso un brazo a mí alrededor y besó el lado de mi cabeza y susurró—. Le agradezco a Dios por ti todos los días, niña.
De cualquier manera, ese fue el último buen día que tuve con Gus hasta el Último Buen día.

Bajo la misma estrella: Capitulo 18


                                    CAPITULO 18


Desperté con el sonido de mi teléfono tocando una canción de The Hectic Glow. La favorita de Gus. Eso significaba que él estaba llamando… o que alguien más estaba llamando desde su móvil. Miré mi reloj alarma: 2:35 AM. Se ha ido, pensé mientras todo en mi interior colapsaba en un sólo movimiento. Apenas pude graznar un:
—¿Hola?
Esperé por el sonido de l...a voz de unos padres aniquilados.
—Hazel Grace —dijo débilmente Augustus.
—Oh, gracias a Dios que eres tú. Hola. Hola, te amo.
—Hazel Grace, estoy en la estación de servicio. Algo va mal. Tienes que ayudarme.
—¿Qué? ¿Dónde estás?
—En la carretera entre la ochenta y seis y Ditch. Hice algo mal con el tubo-G y no puedo arreglarlo y…
—Llamaré al novecientos once. —No, no, no, no, no, no, ellos me llevarán al hospital. Hazel escúchame. No llames al novecientos once ni a mis padres o nunca te perdonaré, por favor sólo ven, por favor, sólo ven y arregla mi condenado tubo-G. Yo sólo, Dios, esta es la cosa más estúpida. No quiero que mis padres sepan que no estoy. Por favor. Tengo la medicina conmigo; simplemente no consigo administrarla. Por favor —Él estaba llorando. Nunca lo había oído sollozar de esta forma excepto afuera de su casa antes de Ámsterdam.
—Muy bien —dije—. Voy saliendo ahora.

Apagué el BiPAP y me conecté a un tanque de oxígeno, puse el tanque en mi carrito, y me coloqué un par de zapatillas deportivas para que combinaran con mi pantalón de pijama de algodón rosa y una camiseta de baloncesto de Butler, que originalmente había sido de Gus. Agarré las llaves del cajón de la cocina donde mamá las guardaba y escribí una nota en caso de que despertaran mientras estuviera fuera. Fui a ver a Gus. Es importante. Lo siento. Con amor, H.
Mientras conducía el par de millas hasta la estación de servicio, desperté lo suficiente para preguntarme por qué Gus habría dejado la casa en medio de la noche. Tal vez había estado alucinando, o sus fantasías de martirio lo habían sobrepasado. Aceleré en Ditch Road, pasándome unas luces amarillas parpadeantes, yendo demasiado rápido en parte para alcanzarlo y en parte esperando que un policía me detuviera y me diera una excusa para decirle que mi novio agonizante estaba atrapado fuera de una estación de servicio con un tubo-G que no funcionaba. Pero ningún policía apareció para tomar la decisión por mí. Había sólo dos autos en el estacionamiento. Me detuve junto al suyo. Abrí la puerta. Las luces del interior se encendieron. Augustus estaba sentado en el asiento del conductor, cubierto en su propio vómito, sus manos presionadas contra su estómago donde se inserta el tubo-G.
—Hola —murmuró.
—Oh, Dios, Augustus, tenemos que llevarte a un hospital.
—Por favor, sólo revísalo —Se me revolvió el estómago por el olor pero me incliné hacia adelante para inspeccionar el lugar sobre su ombligo donde habían instalado el tubo quirúrgicamente. La piel de su abdomen estaba caliente y de un color rojo brillante.

—Gus, creo que algo está infectado. No puedo arreglar esto. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué no estás en casa? —Vomitó, ni siquiera tuvo la energía de mover su boca lejos de su regazo—. Oh, cariño —dije.
—Quería comprar un paquete de cigarrillos —murmuró—. Perdí mi paquete. O me lo quitaron. No lo sé. Dijeron que me conseguirían otro,... pero quería… hacerlo yo mismo. Hacer una pequeña cosa por mí mismo.
Estaba mirando directo al frente. En silencio, saqué mi móvil y bajé la mirada para marcar el 911.
—Lo siento —le dije.
Novecientos once, ¿cuál es su emergencia?
—. Hola, estoy en la carretera entre el ochenta y seis y Ditch, y necesito una ambulancia. El gran amor de mi vida tiene un tubo-G que no está funcionando.
Me miró. Era horrible. Difícilmente podía mirarlo. El Augustus Waters de las sonrisas torcidas y los cigarrillos sin fumar se había ido, remplazado por esta desesperada y humillada criatura sentada debajo de mí.
—Esto es todo. Ya ni siquiera puedo fumar.
—Gus, te amo. —¿Dónde está mi oportunidad de ser el Peter Van Houten de alguien? —Golpeó el volante débilmente, la bocina sonando mientras él lloraba. Reclinó su cabeza hacia atrás, mirando hacia arriba—. Me odio, me odio, odio esto, odio esto, me doy asco, lo odio, lo odio, lo odio, mierda, sólo déjenme morir.
De acuerdo con las convenciones del género, Augustus Waters mantenía su sentido del humor hasta el final, no vacilaba ni por un momento en su coraje, y su espíritu se elevaba como un águila indomable hasta que el mundo mismo no podía contener su alma alegre. Pero esta era la verdad, un chico en estado lamentable que quería desesperadamente no inspirar lástima, gritando y llorando, envenenado por un tubo-G que lo mantenía con vida, pero no lo suficientemente vivo.
Limpié su barbilla, agarré su cara en mis manos y me arrodillé cerca de él para poder ver sus ojos, que todavía vivían.
—Lo siento. Desearía que esto fuera como esa película, con los persas y los espartanos.
—Yo también —dijo él.
—Pero no lo es —dije.
—Lo sé —dice.
—No hay hombres malos.
—Sí.
—En realidad, ni siquiera el cáncer es un hombre malo: El cáncer sólo quiere estar vivo.
—Sí.
—Estás bien —le dije. Podía escuchar las sirenas.
—Bien —dijo. Estaba perdiendo la consciencia.
—Gus, tienes que prometerme no intentar esto de nuevo. Te conseguiré cigarrillos, ¿está bien? —Me miró. Sus ojos se hundían en sus órbitas—. Tienes que prometerlo.
Él asintió un poco y luego sus ojos se cerraron, su cabeza girando sobre su cuello.
—Gus —dije—. Quédate conmigo. —
Léeme algo —dijo él mientras que la condenada ambulancia pasaba rugiendo junto a nosotros y pasándonos de largo. Así que mientras esperaba que ellos se dieran la vuelta y nos encontraran, recité el único poema que pude obligarme a recordar, “La Carretilla Roja ” de William Carlos Williams.
Tanto de pende
De una
Carretilla
Roja
Bruñida por el agua
De la lluvia
Junto a los blancos
Polluelos.

Williams era un médico. A mí me parecía el poema de un médico. El poema se había acabado, pero la ambulancia todavía se alejada de nosotros, así que seguí escribiéndolo. Y tanto depende, le dije a Augustus, de un cielo azul recortado por las altas ramas de los árboles. Tanto depende de un tubo-G transparente que emerge desde el intestino de un chico de labios azules. Tanto depende de este observador del universo. Medio consciente, me mira y murmura—: Y dices que no escribes poesía.

Bajo la misma estrella: Capitulo 17

                                     CAPITULO 17

 

Una mañana, un mes después de haber regresado a casa de Ámsterdam, manejé a su casa. Sus padres me dijeron que aún seguía durmiendo abajo, así que golpeé fuerte la puerta del sótano antes de entrar, luego pregunté: —¿Gus? Lo encontré murmurando en un lenguaje de su propia creación. Se había orinado en la cama. Fue horrible. De verdad, ni siquiera podía mirar. Sólo... grité a sus padres que bajaran, y fui arriba mientras lo limpiaban. Cuando bajé, estaba despertando lentamente de los narcóticos del desesperante día. Arreglé las almohadas para que así pudiéramos jugar Contrainsurgencia en el desnudo colchón sin sabanas, pero él estaba tan cansado y tan fuera de eso que casi apestó tanto como yo, y no duramos ni cinco minutos antes de que ambos estuviéramos muertos. Ninguna muerte heroica y elegante, tampoco, solo unas sin importancia. Realmente no le dije nada. Casi quería que él se olvidara de que yo estaba allí, creo, y estaba esperando que él no recordara que encontré al chico que amo trastornado en una amplia piscina de sus propios orines. Seguía medio esperando que me mirada y dijera
—:Oh, Hazel Grace. ¿Cómo llegaste aquí?
Pero desafortunadamente, lo recordaba.
—Con cada minuto que pasa, estoy desarrollando una profunda apreciación de la palabra mortificado —dijo finalmente.
—Me he orinado en la cama, Gus, créeme. No es gran cosa. —Solías —dijo, y luego tomó una cortante respiración—, llamarme Augustus.
—Sabes —dijo luego de un momento—, es una cosa de niños, pero siempre pensé que mi obituario estaría en todos los periódicos, que tendría una historia digna de ser contada. Siempre había tenido esta secreta sospecha de que era especial.
—Lo eres —le dije. —Sin embargo, sabes a lo que me refiero —dijo Sabía lo que quería decir. Es sólo que no estaba de acuerdo.
—No me importa si el New York Times escribe un obituario para mí. Sólo quiero que tú escribas uno —le dije—, dices que no eres especial porque el mundo no sabe de ti, pero eso es insulto hacia mí. Yo sé sobre ti.
—No creo que voy a poder escribir tu obituario —dijo, en vez de disculparse. Estaba frustrada con él.
—Sólo quiero ser lo suficiente para ti, pero nunca pude serlo. Esto puede no ser lo suficiente para ti. Pero esto es todo lo que tienes. Me tienes a mí, a tu familia, y a este mundo. Esta es tu vida. Siento mucho si apesta. Pero no vas a ser el primero hombre en Marte, y no vas a ser una estrella de la NBA, y no vas a cazar Nazis. Quiero decir, mírate, Gus. —No respondió—. No quise… —empecé
—Oh, sí quisiste —me interrumpió. Empecé a disculparme y él dijo—: Tienes razón. Sólo juguemos. Así que solamente jugamos.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Bajo la misma estrella: Capitulo 16



CAPITULO 16


Un día típico en las últimas etapas de Gus: Fui a su casa alrededor del mediodía, después de que hubiera comido y vomitado el desayuno. Me encontró en la puerta en su silla de ruedas, ya no era el chico hermoso y musculoso que me miró en el grupo de apoyo, pero todavía medio sonriente, todavía fumando su cigarrillo sin encender, sus ojos azules brillantes y viv...os. Almorzamos con sus padres en la mesa del comedor. Sándwiches de mantequilla de maní y jalea y espárragos de la noche anterior. Gus no comió. Le pregunté cómo estaba sintiéndose.
—Genial —dijo—. ¿Y tú?
—Bien. ¿Qué hiciste anoche?
—Dormí bastante. Quiero escribirte una continuación, Hazel Grace, pero estoy tan malditamente cansado todo el tiempo.
—Simplemente puedes contármela —dije.
—Bueno, voy por mi análisis pre-Van Houten del Hombre Tulipán Holandés. No es un estafador, pero no es tan rico como dejaba ver.
—¿Y qué hay de la mamá de Anna?
—No he establecido una opinión allí. Paciencia, Saltamontes —Augustus sonrió. Sus padres estaban callados, observándolo, nunca alejando la mirada, como si simplemente quisieran disfrutar el espectáculo de Gus Waters mientras éste estuviera en la ciudad—. Algunas veces sueño que estoy escribiendo una biografía. Una biografía que sería lo que me mantiene en los corazones y recuerdos de mí adorado público.
—¿Por qué necesitas un adorado público cuando me tienes a mí? —pregunté.
—Hazel Grace, cuando eres tan encantador y físicamente atractivo como yo, es lo suficientemente fácil conquistar a las personas que conoces. Pero lograr que los extraños te amen… ahora, ese es el truco.
Puse los ojos en blanco. Después del almuerzo, salimos al patio. Él todavía estaba lo suficientemente bien para empujar su propia silla de ruedas, moviendo las ruedas en miniatura para conseguir que las ruedas delanteras se elevaran sobre el bache en la puerta. Todavía atlético, a pesar de todo, bendecido con equilibrio y reflejos rápidos que incluso los abundantes narcóticos no podían enmascarar totalmente. Sus padres se quedaron en el interior, pero cuando miré atrás hacia el comedor, siempre estaban observándonos. Nos sentamos allí afuera en silencio por un minuto y luego Gus dijo:
—A veces deseo que tuviéramos ese columpio.
—¿El de mi patio?
—Sí. Mi nostalgia es tan extrema que soy capaz de extrañar un columpio que mi trasero nunca tocó en realidad.
—La nostalgia es un efecto secundario del cáncer —le dije.
—Nop, la nostalgia es un efecto secundario de morir —contestó. Sobre nosotros, el viento sopló y las sombras de las ramas se reorganizaron sobre nuestra piel. Gus apretó mi mano.
—Es una buena vida, Hazel Grace.
Fuimos adentro cuando él necesitó sus medicamentos, que fueron puestos en él junto con líquido nutricional a través de su sonda de alimentación, un pedazo de plástico que desaparecía en su vientre. Él estuvo quieto por un rato, narcotizado. Su mamá quiso que tomara una siesta, pero él siguió sacudiendo su cabeza cuando ella lo sugería, así que simplemente lo dejamos sentado allí medio dormido en la silla por un rato. Sus padres vieron un viejo vídeo de Gus con sus hermanas, probablemente tenían mi edad y Gus tenía alrededor de cinco. Estaban jugando baloncesto en la entrada de una casa diferente, aun cuando Gus era pequeño, podría driblar como si hubiera nacido haciéndolo, corriendo en círculos alrededor de sus hermanas mientras ellas reían. Era la primera vez que lo veía jugando baloncesto.
—Era bueno —dije.
—Deberías haberlo visto en la secundaria —dijo su papá—. Empezó en el equipo titular como estudiante de primer año. Gus masculló: —¿Puedo ir abajo?
Su mamá y papá llevaron la silla hasta abajo con Gus todavía en ella, rebotando locamente de una manera que habría sido peligroso si el peligro mantuviera su relevancia, y entonces nos dejaron a solas. Él fue a la cama y nos acostamos allí juntos bajo las cobijas, yo sobre mi costado y Gus sobre su espalda, mi cabeza sobre su hombro huesudo, su calor irradiando a través de su camisa polo y hacia mi piel, mis pies enredados con su pie verdadero, mi mano sobre su mejilla. Cuando alcancé su cara con la nariz conmovedoramente cerca por lo que sólo podía ver sus ojos, no pude decir que estuviera enfermo. Nos besamos por un rato y luego nos acostamos juntos escuchando el álbum homónimo de Hectic Glow, y eventualmente nos quedamos dormidos así, un entrelazamiento cuántico de tubos y cuerpos.
Nos despertamos más tarde y arreglamos una armada de almohadas así podíamos sentarnos cómodamente contra el borde de la cama y jugar Contrainsurgencia 2: El Precio del Amanecer. Yo apestaba en eso, por supuesto, pero mi mala forma de jugar era útil para él: le hacía más fácil morir hermosamente, al saltar en frente de una bala de francotirador y sacrificarse por mí, o al menos matar un centinela que acababa de dispararme. Cómo se deleitaba con salvarme. Gritó:
—!No matarás a mi novia hoy, Terrorista Internacional de Nacionalidad Ambigua!
Se me ocurrió fingir un incidente de ahogamiento o algo para que él pudiera hacerme la Heimlich35. Quizás entonces podría librarse de ese miedo de que su vida hubiera sido vivida y perdida sin una utilidad magnífica. Pero entonces lo imaginé siendo físicamente incapaz de hacer la Heimlich, y yo teniendo que revelar que todo era una tetra, y la consiguiente humillación mutua. Es difícil como el infierno aferrarte a tu dignidad cuando el sol saliente es demasiado brillante para tus ojos perdidos, y eso era en lo que estaba pensando mientras cazábamos a los chicos malos a través de las ruinas de una ciudad que no existía. Finalmente, su papá bajó y llevó a Gus arriba, y en la entrada, bajo un Estímulo, diciéndome que Los Amigos Son Para Siempre, me arrodillé para darle un beso de buenas noches. Fui a casa y comí la cena con mis padres, dejando a Gus comer, y vomitar, su propia cena. Después de un poco de televisión, fui a dormir. Desperté. Alrededor del mediodía, fui allí de nuevo.35 Maniobra Heimlic h: También llamada compresión abdominal es un procedimiento de primeros auxilios para desobstruir el conducto respiratorio, normalmente bloqueado por un trozo de alimento o cualquier otro objeto. Es una técnica efectiva para salvar vidas en caso de asfixia por atragantamiento.

Bajo la misma estrella: Capitulo 15


CAPITULO 15

 


Un par de días después, en la casa de Gus, sus padres, los míos, Gus y yo estábamos todos apretados alrededor de la mesa del comedor, comiendo pimientos cubiertos en un mantel que, según el padre de Gus, la última vez que fue usado fue en el siglo anterior.
Mi padre: Emily, este risotto….
Mi madre: Es sólo delicioso… ...
La madre de Gus: Oh, gracias. Estaré encantada de darte la receta.
Gus, al tragar un mordisco: Sabes, es el primer sabor que estoy recibiendo que no es Oranjee.
Yo : Buena observación, Gus. Esta comida, mientras que deliciosa, no sabe cómo Oranjee. Mi madre: Hazel.
Gus: Sabe cómo…
Yo: Comida.
Gus: Sí, precisamente. Sabe a comida, excelentemente preparada. Pero no sabe, ¿cómo lo pongo de forma delicada…?
Yo: No sabe exactamente como si Dios mismo hubiera preparado el cielo en series de cinco platos que luego fueron servidos acompañados de varias bolas luminosas de fermentación, burbujeante plasma mientras reales y literales flores flotaban alrededor del lado del canal de la mesa.
Gus: Buena frase.
El padre de Gus: Nuestros hijos son raros
Mi padre: Buena frase.
Una semana después de la cena, Gus terminó en ER33 con dolor en el pecho, y ellos lo admitieron durante la noche, así que conduje hasta el Memorial la mañana siguiente y lo visité en el cuarto piso. No había estado en el Memorial desde que visité a Isaac. No tenía ninguno de los empalagosos colores primarios pintados en la pared enmarcados de perros que manejaban sus carros como los que se encontraban en el Infantil, pero la absoluta esterilidad del lugar me hizo sentir nostálgica de toda la mierda de niño feliz del Infantil. El Memorial era tan funcional. Era una instalación de almacenamiento. Un prematorio. Cuando las puertas del elevador se abrieron en el cuarto piso, vi a la mamá de Gus paseándose en la sala de espera, hablando por teléfono. Colgó rápidamente, luego me abrazó y me ofreció tomar mi carro. —Estoy bien, —dije—. ¿Cómo está Gus?
—Tuvo una noche dura, Hazel, —dijo—. Su corazón está trabajando muy duro. Necesita reducir la actividad. Silla de ruedas de ahora en adelante. Lo están poniendo en una nueva medicina que debe ser mejor para el dolor. Sus hermanas acaban de llegar.
—Bien —dije—. ¿Puedo verlo?
Ella puso su brazo alrededor mío y me apretó el hombro. Se sintió raro.
—Sabes que te amamos Hazel, pero por ahora necesitamos estar en familia. Gus estuvo de acuerdo. ¿Bien?
—Bien —dije.
—Le diré que lo visitaste.
—Bien —dije—. Voy a leer aquí por un rato, creo.

Ella bajó por el pasillo, de vuelta a donde él estaba. Lo entendía, pero igual lo extrañaba, seguía pensando que tal vez estaba perdiendo mi última oportunidad de verlo, de decirle adiós o lo que sea. La sala de espera estaba toda llena de alfombra y sillones cafés de tela mullida. Me senté en un sofá por un rato, el carro de mi oxígeno atascado por mi pie. Había estado usando mi camiseta Chuck Taylor de Cecin’ estpasune pipe34 que había estado usando hace dos semanas en la tarde del Diagrama de Venn, y no la iba a ver. Empecé a desplazarme por las fotos de mi celular, una versión de la parte de atrás de un libro de los últimos meses de mi vida, empezando con él e Isaac fuera de la casa de Mónica y terminando con la primera foto que tomé de él, en el camino a los Huesos Funky. Parecía que fue hace una eternidad, como si hubiéramos tenido este breve, pero aún infinito para siempre. Algunos infinitos son más grandes que otros. Dos semanas después, empujé a Gus en la silla de ruedas a través del parque de arte hacia los Huesos Funky con una botella entera de una costosa champaña y mi tanque de oxígeno en su regazo. El champán había sido donado por uno de los doctores de Gus, él siendo el tipo de persona que inspira a los doctores a darles sus mejores botellas de champaña a niños. Nos sentamos, Gus en su silla y yo en el húmedo césped, lo más cerca de los Hueso Funky que pudimos estar con la silla. Señalé a los niños pequeños incitándose entre sí para saltar de la caja torácica al hombro y Gus respondió lo bastante alto para que oyera por encima del bullicio.
—La última vez me imaginé como el niño. Ahora, como el esqueleto. Bebimos en tazas de papel de Winnie-the-Pooh.
Ver más

Bajo la misma estrella: Capitulo 14



CAPITULO 14



En el vuelo de regreso, a veinte mil pies por encima de las nubes, que estaban a diez mil pies sobre el suelo, Gus dijo:
—Solía pensar que sería divertido vivir en una nube.
—Sí —dije—. Sería como uno de esos brincolines inflables, salvo que para siempre. ...
—Pero luego, en la clase de ciencias de la secundaria, el Sr. Martínez preguntó quién de nosotros había fantaseado alguna vez con vivir en las nubes, y todos levantaron la mano. Entonces, el Sr. Martínez nos dijo que en las nubes el viento soplaba a doscientos cuarenta y un kilómetros por hora y la temperatura era de treinta y cuatro grados centígrados bajo cero y no había oxígeno y que todos moriríamos en cuestión de segundos.
—Parece un buen tipo.
—Hazel Grace, déjame decirte que se especializó en el asesinato de sueños. ¿Creen que los volcanes son impresionantes? Que se lo digan a los diez mil cadáveres gritando en Pompeya. ¿Siguen creyendo secretamente que hay un elemento de magia en este mundo? Todos son simplemente moléculas sin alma que rebotan unas contra otras al azar. ¿Les preocupa quien se hará cargo de ustedes si sus padres mueren? También debería, porque serán comida para gusanos tarde o temprano.
—La ignorancia es felicidad —dije. Una azafata caminaba por el pasillo con un carrito de bebidas, medio susurrando:
—¿Bebidas? ¿Bebidas? ¿Bebidas? ¿Bebidas? —Gus se inclinó hacia mí, levantando la mano—. ¿Podríamos tener un poco de champán, por favor?
—¿Tienen veintiuno? —preguntó dubitativa. Reacomodé vistosamente mi naricera. La azafata sonrió, luego miró a mi madre dormida—. ¿No le importará? —preguntó de mamá.
—No —dije. Así que sirvió champán en dos vasos de plástico. Beneficios del cáncer. Gus y yo brindamos.
—Por ti —dijo.
—Por ti —dije, chocando mi vaso con el suyo. Bebimos. Estrellas más opacas de las que tuvimos en Oranjee, pero todavía lo suficientemente buenas para beber.
—Sabes —me dijo Gus—, todo lo que Van Houten dijo era verdad.
—Tal vez, pero no tenía que ser tan despreciable al respecto. No puedo creer que imaginó un futuro para Sisyphus el Hámster, pero no para la mamá de Anna. Augustus se encogió de hombros. De repente parecía estar en las nubes.
—¿Bien? —pregunté. Negó microscópicamente con la cabeza. —Duele —dijo.
—¿El pecho? Asintió con la cabeza. Con los puños apretados. Más tarde, lo describiría como un hombre gordo con una sola pierna usando un tacón de aguja parado en el centro de su pecho. Devolví mi bandeja a su posición vertical en el respaldo del asiento, la bloqueé y me incliné para sacar las pastillas de su mochila. Se pasó una con champán.
—¿Bien? —le pregunté de nuevo.

Gus se quedó sentado allí, agitando un puño, esperando a que el medicamento surtiera efecto, el medicamento que no mata el dolor tanto como lo distancia de él, y de mí.
—Fue como si hubiera sido personal —dijo Gus en voz baja—. Como si estuviera enojado con nosotros por alguna razón. Me refiero a Van Houten. Se bebió el resto de su champán en una rápida serie de tragos y pronto se quedó dormido. Mi papá nos estaba esperando en la zona de recogida de equipaje, de pie en medio de todos los conductores de limusinas vestidos de traje sosteniendo letreros impresos con los apellidos de sus pasajeros: JOHNSON, BARRINGTON, CARMICHAEL. Papá tenía un letrero propio. MI HERMOSA FAMILIA, decía y luego, debajo de eso, Y GUS. Lo abracé, y comenzó a llorar, por supuesto. Mientras nos dirigíamos a casa, Gus y yo le contamos a papá historias de Ámsterdam, pero no fue hasta que estuve en casa y conectada a Philip viendo la buena televisión estadounidense con papá y comiendo pizza estadounidense en servilletas sobre nuestro regazo que le conté sobre Gus.
—Gus tiene una recaída —dije. —
Lo sé —dijo. Se deslizó hacia mí, y luego agregó—: su madre nos dijo antes del viaje. Lamento que te lo ocultara. Lo... lo siento Hazel —no dije nada por un largo rato. El programa que estábamos viendo trataba de personas que están tratando de elegir qué casa van a comprar—. Así que leí Una Aflicción Imperial mientras no estuvieron —dijo papá. Volví la cabeza hacia él.
—Oh, genial. ¿Qué te pareció?
—Fue bueno. Un poco por encima de mi entendimiento. Recuerda que fui un estudiante de bioquímica no un tipo de literatura. Me gustaría que hubiera terminado.
—Sí —dije—. Una queja común.
—Además, fue un poco desesperanzador —dijo—. Un poco derrotista.
—Si por derrotista te refieres a honesto , entonces, estoy de acuerdo.
—No creo que el derrotismo sea honesto —respondió papá—. Me niego a aceptar eso.
—¿Así que todo sucede por una razón, y todos iremos a vivir en las nubes y tocar arpas y vivir en mansiones? Papá sonrió. Puso un gran brazo a mí alrededor y me atrajo hacia él, besando el lado de mi cabeza.
—No sé lo que creo, Hazel. Pensaba que ser un adulto significaba saber lo que crees, pero esa no ha sido mi experiencia.
—Sí —dije—. Comprendo. Me dijo otra vez que lamentaba lo de Gus, y luego volvimos a ver el programa, la gente escogió una casa, mi papá siguió con su brazo alrededor de mí, yo estaba empezando a conciliar el sueño, pero no quería irme a la cama, entonces papá dijo:
—¿Sabes lo que creo? Recuerdo que en la universidad estaba tomando una clase de matemáticas, una clase de matemáticas realmente grandiosa impartida por una anciana diminuta. Ella estaba hablando de las transformadas rápidas de Fourier y a mitad de frase se detuvo y dijo: “A veces parece que el universo quiere ser observado.” Eso es lo que creo. Creo que el universo quiere ser observado. Creo que el universo está improbablemente predispuesto a favor de la conciencia, que recompensa la inteligencia en parte porque el universo disfruta de su elegancia siendo observada. ¿Y quién soy yo, viviendo en medio de la historia, para decirle al universo qué es, o mi observación de él, temporal?
—Eres muy inteligente —dije después de un rato.
—Tú eres muy buena dando cumplidos —respondió.

A la tarde siguiente, fui en automóvil a la casa de Gus, y comí sándwiches de mantequilla de maní y mermelada con sus padres, les conté historias sobre Ámsterdam, mientras Gus dormía una siesta en el sofá de la sala, donde habíamos visto V de Vendetta. Podía verlo desde la cocina: estaba acostado sobre su espalda, con la cabeza volteada hacia el otro lado, con ya una línea CCIP31. Estaban atacando el cáncer con un nuevo cóctel: dos drogas de quimioterapia y un receptor de proteína que se esperaba que apagara el oncogén en el cáncer de Gus. Me dijeron que tuvo la suerte de ser inscrito en la prueba. Suerte. Conocía una de las drogas. Escuchar el sonido de su nombre me dio ganas de vomitar. Al cabo de un rato, la mamá de Isaac lo trajo.
—Isaac, hola, soy Hazel del grupo de apoyo, no tu ex novia malvada —su madre lo acompañó hacia mí, y me levanté de la silla del comedor y lo abracé, su cuerpo se tomó un momento en encontrarme antes de devolverme el abrazo, con fuerza.
—¿Cómo estuvo Ámsterdam? —preguntó.
—Impresionante —dije.
—Waters —dijo—. ¿Dónde estás, hermano?
—Está durmiendo una siesta —dije, y mi voz se entrecortó. Isaac sacudió la cabeza, todo el mundo en silencio.
—Apesta —dijo Isaac después de un segundo. Su madre lo acompañó a una silla que había sacado. Se sentó.
—Todavía puedo dominar tu trasero ciego en Contrainsurgencia —dijo Augustus, sin volverse hacia nosotros. El medicamento redujo un poco la velocidad de su manera de hablar, pero sólo a la velocidad de la gente común.
—Estoy bastante seguro de que todos los traseros son ciegos —respondió Isaac, extendiendo las manos vagamente en el aire, en busca de su madre.

Ella lo agarró, levantó, y acompañó al sofá, donde Isaac y Gus se abrazaron con torpeza—. ¿Cómo te sientes? —preguntó Isaac.
—Todo sabe a monedas de centavo. Aparte de eso, estoy en una montaña rusa que sólo sube, amigo —respondió Gus. Isaac se rió—. ¿Cómo están los ojos?
—Oh, excelente —dijo—. Quiero decir, que no estén en mi cabeza es el ...único problema.
—Impresionante, sí —dijo Gus—. No es por eclipsarte ni nada, pero mi cuerpo está lleno de cáncer.
—Eso he oído —dijo Isaac, tratando de no dejarlo llegar a él. Buscó a tientas la mano de Gus y sólo encontró su muslo.
—No estoy disponible —dijo Gus. La mamá de Isaac trajo dos sillas del comedor, e Isaac y yo nos sentamos junto a Gus. Tomé la mano de Gus, frotando círculos en el espacio entre su pulgar y dedo índice. Los adultos se dirigieron al sótano para compadecerse o lo que sea, dejándonos a los tres solos en la sala. Después de un rato, Augustus volvió la cabeza hacia nosotros, despabilándose lentamente.
—¿Cómo está Mónica? —preguntó.
—No he sabido nada de ella —dijo Isaac—. Ni cartas, ni correos electrónicos. Tengo una máquina que me lee mis correos electrónicos. Es impresionante. Puedo cambiar el género de la voz o el acento o lo que sea.
—¿Así que puedo enviarte una historia porno y puedes tener a un viejo alemán que te la lea?
—Exactamente —dijo Isaac—. Aunque mamá todavía me tiene que ayudar con eso, así que tal vez posponga al alemán porno por una o dos semanas.
—¿Ni siquiera te ha, como, enviado un mensaje de texto para preguntarte cómo te está yendo? —pregunté. Esto me pareció una injusticia incomprensible.
—Total silencio radiofónico —dijo Isaac.
—Ridículo —dije.
—He dejado de pensar en ello. No tengo tiempo para tener novia. Tengo como un trabajo de tiempo completo Aprendiendo a ser ciego.
Gus volvió la cabeza atrás, lejos de nosotros, mirando a su patio trasero por la ventana. Sus ojos se cerraron. Isaac me preguntó cómo estaba, y le dije que estaba bien, me contó que había una chica nueva en el grupo de apoyo con una voz muy sexy y que necesitaba que fuera para decirle si era realmente sexy. Entonces de la nada Augustus dijo:
—No se puede simplemente no ponerse en contacto con su ex novio después de que le extirparon los ojos de la maldita cabeza.
—Sólo uno… —comenzó Isaac.
—Hazel Grace, ¿tienes cuatro dólares? —preguntó Gus.
—Um —le dije—. ¿Sí?
—Excelente. Encontrarás mi pierna bajo la mesa de café —dijo. Gus se impulsó en posición vertical y se deslizó hasta el borde del sofá. Le entregué la prótesis; se la puso en cámara lenta. Lo ayudé a ponerse de pie y luego le ofrecí el brazo a Isaac, guiándolo por delante de los muebles que de repente parecían intrusivos, dándome cuenta de que, por primera vez en muchos años, era la persona más sana en la habitación. Conduje. Augustus viajó en el asiento del copiloto. Isaac se sentó en la parte de atrás. Nos detuvimos en una tienda de comestibles, donde, por instrucción de Augustus, compré una docena de huevos, mientras él e Isaac esperaban en el automóvil. Y luego Isaac nos guió con su memoria a la casa de Mónica, una casa de dos pisos agresivamente estéril cerca del CJ32. El Pontiac Firebird color verde vivo 1990 de Mónica estaba en la calzada.
—¿Está aquí? —preguntó Isaac cuando me sintió detenerme. —Ah, está aquí —dijo Augustus—. ¿Sabes que parece, Isaac? Parece que fuimos tontos en tener todas las esperanzas que tuvimos.
—¿Así que ella está adentro?
Gus giró la cabeza lentamente para mirar a Isaac.
—¿A quién le importa dónde está? No se trata de ella. Esto se trata de ti. —Gus puso la caja de huevos en su regazo, abrió la puerta y sacó las piernas a la calle. Abrió la puerta de Isaac, y miré por el espejo como Gus ayudó a Isaac a salir del coche, los dos apoyándose en el hombro del otro y luego se separaron un poco, como manos orando que no se encuentran lo bastante juntas en las palmas. Bajé las ventanas y observé desde el automóvil, porque el vandalismo me ponía nerviosa. Dieron unos pasos hacia el automóvil, entonces Gus abrió la caja de huevos y le entregó un huevo a Isaac. Isaac lo lanzó, no alcanzando el coche por unos doce sustanciosos metros.
—Un poco a la izquierda —dijo Gus.
—¿Mi lanzamiento fue un poco a la izquierda o tengo que apuntar un poco a la izquierda?
—Apuntar a la izquierda —Isaac giró los hombros—. Más a la izquierda —dijo Gus. Isaac giró de nuevo—. Sí. Excelente. Y lanza fuerte —Gus le dio otro huevo, e Isaac lo lanzó, el huevo fue en forma de arco sobre el coche y se estrelló contra el techo con ligera pendiente de la casa—. ¡Tiro en el blanco! —dijo Gus.
—¿En serio? —preguntó Isaac con entusiasmo.
—No, lo lanzaste como a seis metros por encima del coche. Así que, lanza con fuerza, pero mantenlo bajo. Y un poco a la derecha de donde estabas la última vez —Isaac extendió la mano y él mismo encontró un huevo de la caja que Gus sostenía. Lo lanzó, golpeando una luz trasera—. ¡Sí! —dijo Gus—. ¡Sí! ¡LUZ TRASERA!
Isaac agarró otro huevo, fallando extensamente a la derecha, luego otro, fallando por el suelo, y luego otro, golpeando el parabrisas trasero. Luego acertó tres seguidos contra la cajuela.
—Grace Hazel —me gritó Gus—. Toma una fotografía de esto para que Isaac pueda verla cuando inventen ojos robot —me levanté para sentarme en la ventana bajada, con los codos sobre el techo del coche, y tomé una foto con mi teléfono: Augustus, con un cigarrillo sin encender en la boca y su sonrisa deliciosamente torcida, sosteniendo la caja de huevos rosa casi vacía por encima de su cabeza. Su otra mano alrededor de los hombros de Isaac, cuyos lentes de sol no estaban dirigidos del todo hacia la cámara. Detrás de ellos, las yemas de los huevos goteaban por el parabrisas y parachoques del Firebird verde. Y detrás de eso, una puerta se abrió.
—Qué —preguntó la mujer de mediana edad, un momento después de que tomé la foto—, en el nombre de Dios… —y luego dejó de hablar.
—Señora —dijo Augustus, saludándola con la cabeza—, el coche de su hija acaba de ser merecidamente bombardeado de huevos por un ciego. Por favor, cierre la puerta y vuelva a entrar, o nos veremos obligados a llamar a la policía. Después de vacilar un momento, la mamá de Mónica cerró la puerta y desapareció. Isaac lanzó los últimos tres huevos en sucesión rápida y entonces Gus lo guió hacia el coche.
—Verás, Isaac, si les quitas, estamos llegando a la acera, la sensación de legitimidad, si volteas las cosas para que sientan como si estuvieran cometiendo un delito al ver... unos pasos más, sus automóviles siendo bombardeados yendo por un callejón sin salida. Di una vuelta en el callejón sin salida y volví a pasar a gran velocidad por la casa de Mónica. Nunca tomé otra foto de él. de huevos, estarán confundidos, asustados y preocupados y simplemente volverán a sus, encontrarás la manija de la puerta directamente delante de ti… vidas tranquilamente desesperadas —Gus se apresuró a rodear la parte delantera del coche y se instaló en el asiento del copiloto. Las puertas se cerraron, y arranqué rápidamente, conduciendo por unos cien metros antes de darme cuenta que estaba

jueves, 21 de agosto de 2014

Bajo la misma estrella: Capitulo 13



 
CAPITULO 13


A la mañana siguiente, nuestro último día completo en Ámsterdam, Mamá, Augustus y yo caminamos la media cuadra desde el hotel al Vondelpark, dónde encontramos un café en la sombra del museo nacional de cine Holandés. Over lattes29, lo cual, el mesero nos explicó, es lo que los holandeses llaman “café equivocado” porque tiene más leche que café, nos sentamos en l...a transparente sombra de un enorme árbol de castañas y volví a relatar para mi mamá nuestro encuentro con el gran Peter Van Houten. Hicimos la historia divertida. Creo que podemos elegir cómo contar las historias tristes en este mundo, nosotros elegimos la forma divertida: Augustus, se desplomó en la silla del café, pretendiendo ser el Van Houten tímido y tartamudo que no puede ni siquiera pararse de la silla; me paré para interpretarme llena de bravuconería y machismo gritando:
—¡Levántate, anciano gordo y feo!
—¿Lo llamaste feo? —preguntó Augustus.
—Sólo sigue la corriente —le dije.
—No soy feo. Tú eres la fea, chica del tubo en la nariz.
—¡Eres un cobarde! —ladré, y Augustus rompió su personaje para reír. Me senté. Le contamos a mamá sobre la casa de Anna Frank, dejando de lado los besos.
—¿Volvieron a la casa Van Houten después? —preguntó mamá. Augustus ni siquiera me dio tiempo de sonrojarme.
—Nah, nosotros sólo pasamos el rato en la cafetería. Hazel me divirtió con algún esquema de Venn humorístico—Me echo un vistazo. Dios, él era sexi.
—Suena encantador —dijo ella—. Escuchen, voy a dar un paseo. Les daré tiempo a ustedes dos para hablar —le dijo a Gus, un filo en ello—. Luego tal vez podamos ir a dar un paseo en una barca.
—Um, ¿está bien? —dije. Mamá dejó un billete de cinco euros en su plato y luego me besó la parte superior de mi cabeza, susurrando
—Te amo, amo, amo —lo cual eran dos amo más de lo normal. Gus hizo un gesto hacia la sombras de las ramas interceptándose y deshaciéndose en el concreto.
—Hermoso, ¿verdad?
—Si —dije.
—Una metáfora muy buena —murmuró.
—¿Lo es ahora? —pregunté.
—La imagen negativa de las cosas integrándose y luego desintegrándose —dijo él. Delante de nosotros, cientos de personas pasaron, trotando, andando en bicicleta y patinando. Ámsterdam era una ciudad diseñada para el movimiento y la actividad, una ciudad que prefería no viajar en automóvil, y por eso me sentí inevitablemente excluida de ella. Pero Dios, era hermoso, el arroyo forjando un camino alrededor del enorme árbol, una garza parada inmóvil en el borde del agua, buscando un desayuno en medio de los millones de pétalos de los olmos flotando en ella. Pero Augustus no se dio cuenta. Él estaba muy ocupado viendo las sombras moverse.
Finalmente, dijo—: Podría ver esto todo el día, pero deberíamos ir al hotel.
—¿Tenemos tiempo? —pregunté. Sonrió con tristeza.
—Ojalá —dijo él.
—¿Qué sucede? —pregunté. Asintió de nuevo en dirección al hotel.
Caminamos en silencio, Agustus a medio paso frente a mí. Estaba demasiado asustada para preguntarle si tenía razón para estar asustada. Así que ahí está esa cosa llamada la Jerarquía de las necesidades de Maslow. Básicamente, este tipo llamado Abraham Maslow se volvió famoso por su teoría de que ciertas necesidades deben ser cumplidas antes de que incluso puedas tener otros tipos de necesidades. Se parece a esto: Una vez que tus necesidades por comida y agua están satisfechas, te mueves hacia el siguiente grupo de necesidades, seguridad, y luego al siguiente y al siguiente, pero lo importante es que, según Maslow, hasta que tus necesidades fisiológicas estén satisfechas, no puedes preocuparte ni siquiera por la seguridad o las necesidades sociales, por no hablar de la “autorrealización”, que es cuando empiezas, como a hacer arte y pensar en la física cuántica y esas cosas. De acuerdo con Maslow, estaba estancada en el segundo nivel de la pirámide, incapaz de sentirme segura por mi salud y por lo tanto incapaz de alcanzar el amor y el respeto y el arte y cualquier otra cosa, lo que es, por supuesto, una absoluta mierda: La necesidad de hacer arte o contemplar la filosofía no desaparece cuando estás enfermo. Esas necesidades sólo se transfiguran por la enfermedad. La pirámide de Maslow parecía implicar que era menos humana que otras personas, y la mayoría de las personas parecían estar de acuerdo con él. Pero no Augustus. Siempre pensé que él podía amarme porque una vez había estado enfermo. Sólo hasta ahora se me había ocurrido que tal vez todavía lo estaba. Llegamos a mi habitación, la Kierkegaard. Me senté en la cama esperando que me acompañara, pero se agachó en la polvorienta silla de cachemir. Esa silla. ¿Cuán antigua era? ¿Cincuenta años? Sentí la bola en mi garganta endureciéndose mientras lo observaba sacar un cigarro de su paquete y ponerlo entre sus labios. Se recostó hacia atrás y suspiró.
—Justo antes de que entraras en la UCI, comencé a sentir este dolor en mi cadera.
—No —dije. El pánico cayendo y tirando de mí hacia abajo. Asintió.
—Así que me hice una tomografía —Se detuvo. Tiró el cigarrillo fuera de su boca y apretó sus dientes. Gran parte de mi vida había estado dedicada a tratar de no llorar en frente de las personas que amaba, así que supe lo que Augustus estaba haciendo. Aprietas tus dientes. Miras hacia arriba. Te dices a ti mismo que si ellos te ven llorar, los lastimará, y no serás más que Una Tristeza en sus vidas, y no debes convertirte en una mera tristeza, así que no vas a llorar, y te vas a decir todo esto a ti mismo mientras miras hacia el techo, y luego tragas incluso cuando tu garganta no se quiere cerrar y miras a la persona a la que amas y sonríes.

Destelló su sonrisa torcida, entonces dijo—: Me iluminé como un árbol de navidad, Hazel Grace. La pared de mi pecho, mi cadera izquierda, mi hígado, en todas partes. Todas partes.
Esa palabra flotó en el aire por un rato. Ambos sabíamos lo que significaba. Me levanté, arrastrando mi cuerpo y el carrito a través de la alfombra que era más vieja de lo que Augus...tus alguna vez sería, y me arrodillé en la base de la silla y puse mi cabeza en su regazo y lo abracé por la cintura. Estaba acariciando mi cabello.
—Lo siento —dije.
—Siento no habértelo dicho —dijo, su voz calmada—. Tu mamá debe saberlo. La forma en la que me miró. Mi mamá debió simplemente haberle dicho o algo. Debí haberte dicho. Fue estúpido. Egoísta. Por supuesto, sabía por qué no me había dicho nada: la misma razón por la que no había querido que me viera en la UCI. No podía estar enfadada con él ni siquiera por un momento, y sólo ahora que amaba a una granada entendí la locura de intentar salvar a otros de mi propia fragmentación inminente: No podía dejar de amar a Augustus. Y no quería hacerlo.
—No es justo —dije—. Es sólo tan malditamente injusto.
—El mundo —dijo—, no es una fábrica de conceder deseos. Y entonces se rompió, sólo por un momento, su sollozo rugió impotente como un trueno no acompañado por un relámpago, la terrible ferocidad que los principiantes en el campo del sufrimiento podrían confundir con debilidad. Luego me empujó hacia él y, su cara a unos centímetros de la mía, resulto—: Pelearé contra ello. Pelearé por ti. No te preocupes por mí, Hazel Grace. Estoy bien. Voy a encontrar una manera de aguantar y fastidiarte por un largo tiempo.
Yo estaba llorando. Pero incluso entonces él fue fuerte, sosteniéndome con firmeza así que podía ver los vigorosos músculos de sus brazos envolverse a mí alrededor mientras decía—: Lo siento. Estarás bien. Estará bien. Lo prometo —Y sonrió con su sonrisa torcida.
Besó mi frente y entonces sentí su poderoso pecho desinflarse sólo un poco. —Supongo que tuve una ha martia30 después de todo. Después de un rato, lo empujé hacia la cama y nos recostamos juntos mientras me contaba que había empezado la quimioterapia paliativa, pero se las arregló para ir a Ámsterdam, a pesar de que sus padres estaban furiosos. Ellos habían tratado de detenerlo justo hasta esa mañana, cuando lo escuché gritar que su cuerpo le pertenecía a él.
—Podíamos haberlo reprogramado —dije.
—No, no podríamos haberlo hecho —respondió—. De cualquier forma no estaba funcionando. Podía decir que no estaba funcionando, ¿sabes? Asentí.
—Solo es basura, todo el asunto —dije. —Ellos van a intentar algo más cuando llegue a casa. Siempre tienen una idea nueva. —Si —dije, teniendo el mismo alfiletero experimental yo misma.
—Yo como que te estafé al creer que te estabas enamorando de una persona saludable —dijo. Me encogí de hombros.
—Te habría hecho lo mismo a ti.
—No, no lo habrías hecho, pero no todos podemos ser tan asombrosos como tú —Me besó, luego hizo una mueca. —¿Duele? —pregunté.
—No. Sólo —Se quedó mirando al techo por un largo rato antes de decir—, me gusta este mundo. Me gusta beber champaña. Me gusta no fumar. Me gusta el sonido de los holandeses hablando holandés. Y ahora… ni siquiera consigo una batalla. No consigo una pelea.
—Tienes que conseguir combatir el cáncer —dije—. Esa es tú batalla. Y te mantendré luchando —le dije. Odiaba cuando las personas trataban de fortalecerme para prepararme para la batalla, pero se lo hice a él, de todas formas—. Tú… tú… vivirás tu mejor vida ahora —Me odiaba por el cursi sentimentalismo, pero ¿qué más tenía? —Varias guerras —dijo con desdén—. ¿Con quién estoy en guerra? Mi cáncer. ¿Y qué es mi cáncer? Mi cáncer soy yo. Mis tumores están hechos de mí. Están hechos de mí tanto como mi cerebro y mi corazón están hechos de mí. Es una guerra civil, Hazel Grace, con un predeterminado ganador.
—Gus —dije. No pude decir nada más. Él era demasiado inteligente para la clase de consuelo que podía ofrecer.
—Está bien —dijo. Pero no lo estaba. Después de un momento, dijo—: Si vas al Rijksmuseum, lo que realmente me gustaría hacer… pero a quien engañamos, ninguno de los dos puede caminar a través de un museo… pero de cualquier forma, miré la colección virtual antes de irnos. Si vas, y espero que algún día lo hagas, vas a ver un montón de pinturas de gente muerta. Verás a Jesús en la cruz, y verás a un tipo siendo apuñalado en el cuello, y verás a personas muriendo en el mar y en batallas y un desfile de mártires. Pero. Ni. Uno. Sólo. De. Cáncer. Infantil. Nadie muriendo por la plaga o la viruela o la fiebre amarilla o lo que sea, porque no hay gloria en la enfermedad. No hay sentido para ello. No hay honor en morir d e e llo . Abraham Maslow, te presento a Augustus Waters, cuya curiosidad existencial se hace pequeña para aquellos de sus bien alimentados, bien amados, hermanos saludables. Mientras que la mayoría de los hombres continúan llevando las completamente inexaminadas vidas de monstruos consumidores, Augustus Waters examinó la colección del Rijksmuseum desde lejos.
—¿Qué? —preguntó Augustus después de un rato.
—Nada —dije—. Yo sólo…
—No pude terminar la oración, no sabía cómo hacerlo—. Sólo tengo mucho, mucho afecto por ti.
Sonrió con la mitad de su boca, su nariz a centímetros de la mía.
—El sentimiento es mutuo. No espero que puedas olvidarte de ello y tratarme como si no estuviera muriendo. —No creo que estés muriendo —dije—. Sólo creo que acabas de conseguir un toque del cáncer. Sonrió. Humor negro.
—Estoy en una montaña rusa que sólo va hacia arriba —dijo. —Y es mi privilegio y responsabilidad montar todo el camino contigo —dije.
—¿Sería absolutamente ridículo tratar de salir bien librado?
—No hay ningún intento —dije—. Sólo hay que hacerlo.